Cuando paso al lado de la gente escucho sus voces acusadoras y siento cómo me perforan sus miradas llenas de una falsa moralidad. Sé que me tildan de irresponsable, ignorante e inconsciente. Sé todo lo que piensan de mí pero ellos no saben, ni quieren saber, lo que pasa por mi mente. Conozco perfectamente ese lado cruel de las personas, porque en algún momento yo fui parte de esa crueldad.
En el colegio decían que había una especie de maldición rondando las puertas del quinto año. Cada promoción, junto con las alegrías y el orgullo de haber culminado una etapa de su vida, terminaba el bachillerato con alguna compañera embarazada. Efectivamente, durante los primeros meses de clase de ese último año de colegio, la razón de todos los chismes era Fernanda: la que tuvo mala suerte en esta promoción.
Solía comentar con mis amigas lo inconsciente que podía llegar a ser una persona y la incapacidad que tienen algunos de entender que una noche puede cambiar su vida. Decía con frecuencia que eso nunca me pasaría a mí porque, aunque las pasiones se desataran como una tormenta, siempre sería precavida y, al menos, haría honores a la vocecita de mi mamá retumbando en mi cabeza. Me daba lástima la situación de Fernanda porque, además de tener una barriga con solo 17 años, también tenía que lidiar con el desprecio de su familia y el cambio que significó la mudanza a un nuevo hogar: la casa de sus suegros. Incluso, algunas de mis amigas y yo creímos en la solución que da la salida fácil, pues abortar te alejaría de los fuertes cambios que representa un hijo.
¡Qué equivocada estaba, qué equivocada estaban mis amigas, qué equivocada está la gente!
Dos años después de haber entrado a la universidad me encuentro en la misma situación de Fernanda. Ni la horrible separación de mis padres, ni la falta de un buen consejo paterno, ni el desconocimiento sobre la sexualidad, ni la ingenuidad de creer en falsas promesas de un chico y mucho menos la falta de cariño de madre fueron los culpables de esto que muchos llamarían “error”. La verdad es que ese día todo se hizo adecuadamente, desde el amor que inició el acto hasta la protección y conciencia con las que terminó; pero, sin duda, algo salió mal.
Esos dos años que diferencian la situación de Fernanda y la mía pueden ser la razón por la que descubrí lo equivocada que estaba — ¿o más bien será el hecho de vivirlo en carne propia?—. Entender que estuve mal en aquella época comenzó cuando vi el positivo en ese tubo de plástico, que hasta parece de juguete, y el miedo se apoderó de mí como una fiera que salta a la espalda. Luego, en la noche, cuando pensaba qué hacer, descubrí que esa “salida fácil” me convertiría en una delincuente y entendí que decirlo a mi madre no sería un castigo sino una solución. Cuando vi cómo las lágrimas en sus ojos pasan de decepción a alegría, el corazón se me puso chiquito al pensar lo grande que es el amor de madre y lo hermoso que sería sentirlo. Fue exactamente en este último momento cuando decidí que el murmurar de la gente no me haría daño ni me haría cambiar de opinión, pues lo que llevo en el vientre es una personita que puede ser alguien importante en el mundo gracias a mí, a mi apoyo, a mi amor.
Muchas dudas pasan por mi mente y una sola respuesta responde cada una de ellas. Gracias al amor incondicional de mi mamá y al amor que está creciendo cada día por mi bebé podré soportar todos los cambios que me vienen encima y poco a poco podré asumir cada una de las responsabilidades que implica la maternidad. ¿Dónde estará Fernanda? Es otra pregunta que me hago. Me gustaría saberlo para decirle lo orgullosa que estoy de ella y por enseñarme que no importa lo mal que se vea el panorama, siempre la valentía podrá con esas voces crueles y el amor terminará por callarlas.
